Amistad con el Diablo Escalada Otoñal

Estamos ya a 21 de noviembre y el anticiclón sigue reinando en alta montaña.

No queremos dejarlo pasar.

Nuevamente salimos de acuerdo con el toque de queda: a las 6 a.m.

Salimos a la calle con todos los trastos e inmediatamente nos llaman la atención la quietud y la oscuridad; notamos en los huesos el frío y la humedad que dejan las largas noches del último tercio de noviembre.

Viajamos a los Picos de Europa con la intención de hacer una escalada en el Naranjo de Bulnes, nuestro queridísimo Picu Urriellu.

Queremos hacer la vía Amistad con el Diablo, hacer una escalada otoñal.

En el collado Pandebano saludamos a algunos amigos, todos llegamos casi a la misma hora al salir a las seis de la mañana del centro de Asturias.

 

Paso a paso vamos ganando metros por el no tan querido camino de Urriellu, para abandonarlo a la altura de la canal de la Celada e introducirnos en la misma, dirección a la cara este.

Son las 11:30 a.m. cuando comemos una tableta de turrón bajo la pared y escrutamos el recorrido.

Hace bastante frío y me da una pereza mortal entrar a escalar, pero María, que hace unas pocas semanas  subió por vez primera, está llena de motivación, así que es ella quien me agarra por una oreja y me lleva hasta el pie de vía.

Empiezo a escalar con pereza y cierta torpeza; la roca está fría y el tacto es húmedo en los canalizos del primer largo.

Metro a metro me voy espabilando.

A medida que avanzo, reconozco los pasajes por los que he ascendido un buen puñado de veces en los últimos veranos.

 

Hago los dos primeros largos en uno solo, lo que da como resultado una tirada de unos 65 metros.

Ahora sube María escalando risueña y positiva, no deja pasar la oportunidad de manifestar lo mucho que se está divirtiendo.

Cuando llega, sin demora, hacemos las maniobras correspondientes y me lanzo a por las placas del tercer largo.

Salgo de nuevo de la reunión con la intención de escalar dos largos en uno para ahorrar tiempo, así que llevo conmigo todo el material que hemos traído.

Las placas me reciben con un tacto helador que deja totalmente dura la goma de mis pies de gato.

 

Paso por ellas despacio, con cierta inseguridad, mirando bien cada apoyo y calculando con precisión el movimiento siguiente. La dificultad no es muy elevada, pero sí la exposición: no hay agujero que sirva para protegerse, y de haber una caída, existe el peligro de hacerse bastante daño.

El cuarto largo cambia la forma de escalar: la pared se vuelve más vertical y predominan los agujeros y los pasos largos; aparecen también seguros de expansión que ofrecen total seguridad en el avance.

Este largo es el más complicado técnicamente, pero a su vez, al estar más equipado, es también el más seguro.

El paso difícil me espera: me siento algo torpe a causa de la mucha ropa que llevo puesta y las suelas duras de mis pies de gato, pero esto no me hace sentir demasiada preocupación, los seguros instalados hacen de esta sección un auténtico placer.

Solo una cosa perturba un poco mi concentración, una presencia etérea, extraña, distinta a lo que estoy acostumbrado: y es la luz.

 

El sol, bajo en estas fechas del otoño lanza sus luces de soslayo, creando sombras tan extrañas y desconcertantes que hacen el relieve difícil de percibir. Se crea un efecto parecido a la “luz plana” tan temido por los esquiadores los días de niebla.

La sección es un poco rara de ordenar; unas adherencias; unos agujeros romos; unos pies altos; pero a los pocos metros las presas vuelven a ser generosas.

Una vez en la reunión recojo el sobrante de cuerda lo más rápido que puedo para que pueda subir María, que desde abajo, analiza la roca y los pasajes que tiene por delante.

Sube grácil, y salvo el paso más raro encadena todo sin ningún problema a pesar del frío, pues ya casi estamos en sombra y se hace notar con intensidad.

 

Hago los dos últimos largos lo más rápido que puedo, que es mucho menos de lo que quiero. Aunque la dificultad es asequible la exposición es alta, más o menos un seguro cada diez metros en el quinto largo, y no se puede proteger en ningún agujero, todos son romos, poco profundos e irregulares, hay que escalar concentrado, tranquilo y anticipando movimientos para no quedarse peligrosamente en tierra de nadie.

En menos de una hora estamos ya en la Cepeda, a 70 metros del anfiteatro. Dudamos si bajar desde aquí, por los rápeles de la cara este, pero una visión motivadora nos hace tomar la decisión de seguir escalando.

Por el agujero que da a la cara sur se cuela un espléndido haz de luz, el último de la jornada, el que nos hará terminar la escalada con inmejorables sensaciones, las que proporcionan los últimos rayos y las luces violáceas que de los atardeceres fríos se derivan.

Escalamos los dos últimos largos de la vía Cepeda disfrutando como enanos de estos metros tan agradables, que a lo largo de mi vida deportiva y profesional he recorrido tantas veces.

 

Y fue tal como imaginamos.

Tras el rompetobillos y la pelea personal de María con él, permanecemos sentados a la salida de la vía, en el anfiteatro, resguardados, llenos de serenidad. Engullimos un bocadillo y degustamos los últimos rayos del sol; nos dejamos envolver por el confort que nos han negado la brisa gélida primero y, la sombra después. Disfrutamos el placer de la ausencia de dolor, el tacto de los calcetines secos y la horma cálida y cómoda de las zapatillas de aproximación; disfrutamos de estar sentados en silencio y disfrutamos sobremanera, por encima de todas las cosas, la inmensa sensación de exclusividad y el privilegio de estar completamente solos en el Naranjo, en nuestro Picu Urriellu, muy satisfechos por habernos decidido a vivir esta jornada de escalada en esta majestuosa montaña.

Solo un evento nos deja un sabor agridulce, no vamos a subir a la cumbre, hay que cumplir con el toque de queda, y:

¡Cumpliremos!

 

 

 

 

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