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Cuarto Menguante y otras cronicas del invierno.

Ha pasado otro invierno.

Todas las mañanas, temprano, conduzco en dirección al trabajo, a la escuela de esquí.

Es principios de Abril y la temporada está apunto de finalizar. Aunque el invierno, tenaz, se aferra a los primeros días del cuarto mes con frio y nevadas.
Un medio día, mientras esquío con dos amigas de cinco y seis años. Inmerso en demostraciones técnicas y el cuidado de las pequeñas, no soy consciente de ninguna otra cosa que ocurre en el entorno.
Le toca a mi amiga de cinco años bajar girando en cuña y jugando a que es un avión.
La niña está emocionada, sonriente. El ejercicio le sale perfectamente, lo sabe y lo disfruta. De repente, una montonera de nieve la desestabiliza, y cae a la nieve como solo lo pueden hacer los niños. Veo como sus piernas se retuercen y crean un nudo siniestro. Si fuera un adulto se habría roto hasta los ligamentos de las pestañas pera a ella, claro, no le ha pasado absolutamente nada y por el contrario, está en el suelo indolente y muerta de risa. Al igual que su compañera que de pie junto a mi, estalla en una divertida e incontrolable risa.
Remonto la pendiente para ayudar a mi amiga. Llego a ella y voy a levantarla seguro de que no le ha pasado nada cuando de repente, a mitad de la maniobra de desenredo, me previene a que por favor, debo hacerlo con mucho cuidado.
Preocupado le pregunto.
-¿pero por que piqui, estas bien, te has hecho daño?-
Entonces la niña, con el puño cerrado, estira el brazo, aparta sus gafas de sol y me mira a los ojos mientras sonríe. Después abre su mano y con su dulce voz piensa en voz alta.
-Mira, no podemos seguir esquiando porque las pisaremos, hay que cuidarlas-
En la palma de la mano tiene una diminuta mariquita roja con sus inconfundibles motas negras. Después señala al suelo y afinando un poco la vista, observo, como si hubieran brotado de la nieve, que por aquí y por allá hay docenas de estos insectos. Entonces yo también sonrío.
¡Ha llegado la primavera!

Este invierno prácticamente no he podido hacer alpinismo.
A principio de temporada, en diciembre, tras un viaje maravilloso de cuatro semanas recorriendo la Patagonia argentina, mis piernas y en general mi sistema cardiovascular están a pleno rendimiento pero mis brazos, carentes de entrenamiento, no tienen ninguna capacidad de respuesta ante el potente impacto de los desplomes y las presas pequeñas.
Toca sufrir en un plafón.
Día tras día voy obteniendo resultados en el entrenamiento y para Navidad, me encuentro bien y planteo una actividad seria con un compañero. Pero la víspera de la partida, a última hora, le ataca un fuerte dolor de garganta y los planes se van al traste.
-¡maldita sea mi suerte! vocifero, hay unas condiciones perfectas y me las voy a perder.
Como tengo el equipo preparado y para quitarme la mala sensación escalo solo un corredor técnico cerca de casa. La actividad es muy bonita, y aunque disfruto mucho en alguna sección técnica, la escalada no satisface mis motivaciones. Pero menos es nada.
El tiempo se calienta y las estupendas condiciones de la alta montaña se terminan por el momento.
Llegan días de lluvia fina y mucha humedad en los valles. El ritmo de mi vida se reduce a mañanas tranquilas y tardes de luz artificial y manos con magnesio.
Estos días grises coinciden con un evento maravilloso que me llena de energía. Es el nacimiento de mi primer libro “A cincuenta días del otoño” una obra sencilla dedicada a mis montañas. El libro tiene buena aceptación y pronto llegan las primeras muestras de cariño.
También voy a tomar café a la confitería en la trabaja mi amiga Arantxa. La pobre está trabajando con un gripazo tremendo, que no acaba de curar y medio en broma medio en serio, una mañana me dice…
– No vengas mucho por aquí a ver si lo vas a pescar-
Evidentemente no le hago ningún caso y tres días después, un dolor de cabeza horrible y 38 grados de fiebre me dejan 15 días postrado y atiborrado a medicamentos.
Desde la cama, con el termómetro en la boca, puedo escuchar las carcajadas de mi amiga desde su casa, aunque vivamos a veinte kilómetros de distancia.
Total que para cuando me recupero es finales de enero.
Con la respiración casi recuperada y previniendo unas condiciones estupendas para el esquí, decido subir al valle de las Moñetas a resarcirme tras casi veinte días de inactividad.
Totalmente sin fuerzas tardo 5 horas en subir hasta el tiro Navarro. Sufro como un perro, paro, toso, esputo, blasfemo, doy un paso tras otro luchando contra la debilidad y la tentación de darme la vuelta. Pero subo.
Llego a la cumbre del Tiro Navarro a las 15:30. La tarde es gélida y el cielo raso. Una agradable brisa del norte mantiene la nieve en polvo incluso en las vertientes soleadas.
Es pleno invierno.
En el descenso las sensaciones cambian por completo. Bajar es lo mío. Primero practico un radio de giro amplio. Aprovecho al máximo las grandes palas que ofrece la parte alta del valle. Vibro por el placer que me produce desarrollar un buen esquí sobre una nieve perfecta, en el mágico entorno de los Picos de Europa y en la mas completa soledad. Nunca antes había encontrado el valle con suficiente nieve para bajar hasta la puerta del vehículo. Estoy muy feliz por haber aprovechado esta oportunidad y me doy por recompensado.
Y al día siguiente llega el mal tiempo. Vuelve a nevar.
Pasara dos semanas nevando y otra lloviendo. Ya es principios de febrero.
Aburrido de esperar y ver llover decido empezar a trabajar en la escuela de esquí. No me arrepentiré.
Solamente 5 días de buen tiempo nos ha dejado febrero, y aunque durante esa ventana las condiciones fueron perfectas para alpinismo, mi entrenamiento no está a la altura de los proyectos que me había propuesto esta temporada, así que dedico los días claros de nieve perfecta a trabajar y hacer esquí de montaña por la tarde en los alrededores de Valgrande Pajares.
Termino febrero tranquilo, sin pretensiones. Trabajando en el esquí, dando clases de escalada, presentando el libro, dando conferencias de montaña y entrenando.
También trabajo la primera semana de marzo en la nieve. En la segunda semana escasea el trabajo y decido tomarme unos días para estar en mi casa y poder entrenar un poco más la escala.
El tiempo libre vuelve a despertarme la inquietud por la escalada invernal. Consulto los partes meteorológicos y puedo comprobar que para el martes trece anuncia frío y buena meteorología.
¿Martes 13? que divertida coincidencia.
Envío un mensaje a mi amigo Rubén casi con la certeza de no va a poder pero al menos lo intento.
-Martes previsión perfecta para escalar en el monte ¿puedes?
¡Y sí, contra todo pronóstico, puede!

Amanecemos en mi casa de Arenas de Cabrales en un día dudoso. Nada más arrancar la furgoneta caen algunas gotas en el parabrisas. De todas formas hemos decidido continuar.
A medida que avanzamos por la carretera, da la impresión que en alta montaña está más despejado y si, está mas despejado. Subimos el coche por la pista lo más arriba de podemos y emprendemos la marcha en dirección a la pared hay que decir que con muy poca alegría. Aunque vemos hielo la temperatura es un poco elevada, hace viento y en cumbres chocan nubes de humedad.
Llegar a pie de vía se nos hace interminable. Es obligatorio ascender por unas palas de nieve aburridas y después por una empinada canal. Nos sorprende el Estado la nieve, está muy dura para la temperatura que hace. Encima tiene un poco de nieve fresca, imaginamos que la temperatura anoche ha debido ser bajo cero, ha nevado un poco, y la capa anterior se ha congelado.
Tras una hora larga por fin llegamos a pie de vía. Enterramos un piolet para hacer una reunión en la nieve dura. Tallamos una repisa para estar cómodos y desplegamos la cuerda. El arnés y el material ya lo llevamos puesto de la parada anterior, aprovechamos a colocarnos todo cuando pusimos los crampones.
Bajo el primer largo estamos algo asustados.
Es una sección de roca compacta que hay que escalar en técnica de dry tooling. Es decir, con los crampones y los piolets enganchados por la roca. Aquí arriba se nota más capa de la pequeña nevada nocturna. Y es esta la que me está fastidiando.
Una capa de dos dedos de nieve fresca cubre la pared tapándome todos los gancheos y haciéndome resbalar al confundir regletas con zonas redondeadas.
A medida que avanzo, centímetros a centímetro, me doy cuenta de lo fácil que es caerse en esta delicada sección, así que no doy ni un paso más hasta que no consigo meter una buena clavija.
Rebuscando en el arnés veo exactamente lo que necesito.
Introduzco a presión en una laja una antigua clavija extrafina de Charlet Moser. La maza del piolet hace lo demás. Ha entrado a presión pero no me ha convencido su sonido.
Un metro más arriba, desde una posición precaria consigo poner otra clavija.
Tras una sección comprometida consigo meter un pequeño empotrador de levas.
Estoy unos cuantos metros por encima del suelo sin posibilidad de destrepe y con los brazos rebosantes de ácido láctico. Protegido únicamente por 3 seguros flotantes dudosos, soy consciente de que tengo que hacer sí quiero salir entero de esto. Seguir subiendo.
Veo con claridad la siguiente secuencia. Se lo que tengo que hacer, veo con claridad la coreografía que me llevará al éxito, pero es tan acrobática que me muero de miedo. Una fisura ligeramente desplomada asciende en horizontal izquierda derecha ganando metros por la pared. Debo escalarla empotrando los piolets, haciendo cerrojos. A la mitad hay una buena clavija que me dará la seguridad que necesito para no irme al suelo ante una eventual caída. No tengo más remedio.
-¡Allá voy!
Mi amigo Rubén me anima muchísimo desde la reunión. Delego mis emociones en la técnica y estirándome mucho consigo introducir la hoja de uno de los piolets en la fisura. La técnica funciona y las emociones se positivizan. Tirando fuerte de lado hago un cerrojo y me agarro al mango del piotet con las dos manos, mientras subo los pies un poco a la desesperada por unas placas lisas. Repito el mismo gesto con el otro piolet y así, otra vez y otra vez, hasta que consigo por fin pasar un mosquetón por la clavija y asegurar la cuerda a este.
Este hecho me tranquiliza y aunque tengo los brazos hinchados por el esfuerzo, sigo escalando.
También me tranquiliza ver seguros fijos por encima. Lo siguiente a lo que pasó la cuerda es un seguro expansivo de aspecto incierto pero los siguiente seguros, son buenos y aunque la dificultad sigue siendo alta ya no temo por mí integridad física y escalo tranquilo.
El largo no da tregua, y peleando hasta el final llego a la reunión. La inestable nieve que me encuentro a cada paso no me lo ha puesto fácil. La reunión se compone de dos tornillos relucientes y me baja el nivel de estrés de golpe. Sé que si las cosas se ponen feas por arriba, de aquí podremos hacer un rapel al suelo sin ningún problema.
Rápidamente sube Rubén.
A el le espera la ingrata tarea de extraer las clavijas a la vez que escala. Aunque lleva la cuerda por arriba el largo también le cuesta, verdaderamente es duro y hay que escalar fino y hacer fuerza. Algunas reseñas ponen M6, yo lo único que sé es que me ha costado bastante.
Los dos siguientes largos los improvisamos porque la canal no tiene la suficiente nieve.
El primero es muy expuesto pero fácil, y el segundo es muy expuesto y no tan fácil. La verdad es que en el tercer largo sigo escalando un poco por pundonor, un poco porque dar la vuelta quizá seria más arriesgado. La roca es mala, no puedo poner ni un seguro decente y la nieve no está consistente, pero quiero subir, quiero hacer esta vía.
Asqueado, sigo escalando por esta escombrera.
En un momento dado llego a una zona vertical y muy expuesta. Necesito poner una pieza que me dé un mínimo de seguridad pero es imposible. Me invade una sensación horrible.
No me gusta exponerme tanto, no me gusta este riesgo absurdo. No me queda más remedio que seguir avanzando.

Tengo los piolets por encima clavados en nieve inconsistente. Casi rezando para que ninguno se resbalé subo los pies a dos regletas.
Las puntas de los crampones arañan la roca. La situación es precaria. En equilibrio, intento clavar uno de los piolets un poco más arriba.

A duras penas se sujeta y confiando a él mi estabilidad suelto la otra mano para intentar poner un empotrador en una grieta cercana. El seguro aguanta, y con el pico del piolet doy unos buenos golpes hasta que lo veo empotrado como a mí me gusta.

Aliviado por la sensación de seguridad, salgo de esa sección y un poco más arriba montó la reunión en un sólido pico de roca.
Una vez llega mi compañero improvisamos un rapel a la canal.
La nieve en la canal está en buenas condiciones. Piolets y crampones muerden bien en una nieve consistente y esto nos anima mucho. Decidimos continuar.
Ahora si, escalamos rápido hasta llegar debajo de la primera cascada.
La primera cascada es bastante vertical, me sorprende, y aunque nos hinchan los brazos el hielo es bueno y no tenemos ningún problema con la seguridad.
El problema es montar encima una reunión. Está todo tapizado de nieve y no se ve ni una grieta.
A duras penas consigo meter medio clavo en una fisura. Este, junto a un puente de hielo, los piolets y un mal tornillo deberán ser punto de reunión suficiente.
En el siguiente largo no seguimos la línea original, escalamos más a la izquierda. Por aquí está en mejores condiciones, está más vertical y por lo tanto valoramos que es más divertido.
Pronto nos sorprendemos de las estupendas condiciones y de lo acertado de la elección.

Avanzo por una sección de la montaña absolutamente helada. El hielo es grueso y azul. El paso es estrecho lo que me obliga a clavar un piolet en la vertical del otro y a esforzarme así a ejecutar una técnica depurada para avanzar metros sin cansarse demasiado.
Sabía que las condiciones aquí arriba serían fantásticas gracias a la mucha nieve y a las temperaturas altas que hubo días atrás.
Hacemos dos largos de 40 metros fantásticos, metiendo tornillos a placer en un hielo grueso y franco. Los gemelos se cargan casi tanto como se colma nuestro corazón de alegría y disfrute. Otro largo más por una rampa fácil nos deposita en el final de las dificultades, pero no en el final de la actividad. Aquí nos desatamos de la cuerda y emprendemos un tedioso ascenso hasta la cumbre del Pico Cortés. Seguimos con la guardia alta ya que la parte final está muy helada por efecto del viento que la pule esta zona constantemente.
En la cumbre no mostramos mucha efusividad. Aún nos separan del vehículo mil cuatrocientos metros de desnivel y está anocheciendo. Seiscientos metros serán de duro destrepe cara a la pendiente por la empinada canal del Cortés y otros ochocientos destrozarán nuestros tobillos descendiendo la helada canal de Jierru.
Envueltos por la oscuridad y los misterios de la noche, llegamos al vehículo, unas cuantas horas después de haber emprendido la marcha hacía la que sabíamos nuestra última oportunidad de hacer una actividad decente este invierno. Mañana el parte meteorológico anuncia otra profunda borrasca al menos para 6 días, que va a dejar la alta montaña totalmente impracticable.
Cansados y contentos bajamos a la casa de Arenas de Cabrales donde las viandas de la tierra, una botella de vino y una ducha reparadora pondrán el colofón y darán sentido a esta intensa jornada de amistad desarrollada en la montaña.
Proyectos invernales rondan ahora mi cabeza después de haber pasado la dura prueba de esta vía, Cuarto Menguante, que va camino de convertirse en un referente de dificultad y belleza. Aunque hay algo que tengo muy claro, serán ya, la temporada que viene.

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