Escalada invernal en Peña Santa

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Son las 2 de la madrugada y un desagradable estruendo me despierta.

-¿pero qué pasa?

Que va a pasar, es el despertador, he quedado con Rubén a las 2´30 a.m. “Escalada invernal en Peña Santa” nos vamos al monte.

Salgo a la calle cargado con todo el equipo. El cielo está despejado ¡buena seña! además hace frío.

Recojo a mi compañero a la hora prevista, todo va bien. Pasamos por un  desierto Cangas de Onís a las 3:45 a.m y el termómetro del coche marca dos grados sobre cero.

¡Perfecto!

Subimos a los Lagos de Covadonga ensimismados, sumido cada uno en sus pensamientos, intentando controlar la asquerosa sensación quejumbrosa que se experimenta siempre, cuando sabes que vas a darte una buena paliza en el monte.

Tan ensimismados vamos que no reparamos en la temperatura exterior.

Aparcamos el coche y cada uno en su asiento, se estira de la mejor manera que puede.

Llega el momento de salir del coche, de echarse la mochila a la espalda, de encender el frontal.  Abro la puerta y….. ¡plas! 13º grados positivos de temperatura me dan un bofetón que me deja los dedos marcados.

-¡que calor, menuda ruina! son las 4`30 de la madrugada.

-¿qué hacemos? decidimos caminar en dirección a Vegarredonda con la absurda esperanza de que enfriará mientras subimos, pero lo que encontramos es un fuerte viento cálido que trae gotas de lluvia.

¡DERROTA!

-¿en qué condiciones estará la montaña, qué temperatura habrá, se verán las reuniones para poder bajar?

Es nueve de diciembre cuando me formulo todas estas preguntas.

Mientras, interrogo los partes meteorológicos, ya hemos llenado bastante el cupo de ridículo. Continúa el anticiclon, en los valles hace un frío pelón pero en alta montaña las temperaturas siguen algo elevadas. Anuncian  un día perfecto para el once de diciembre; ¿podrá Rubén? Me come la ansiedad.

Busco el móvil para inmediatamente escribir un mensaje a mi compañero.

-día once previsión perfecta ¿puedes?

No hacen falta más explicaciones, hemos hablado de volver a intentar una escalada invernal en Peña Santa.

Días antes del episodio de viento sur escalamos el Corredor del Marqués en Peña Santa de Enol y sabemos que al menos la Canal Estrecha puede estar en unas condiciones mínimas, y no queremos dejar pasar la oportunidad.

Miro el teléfono cada cinco minutos igual que si me hubiera dejado la novia, pero pronto recibo respuesta, cuan al fin suena la notificación:

-Ok, mañana día 10 dormir Vegarredonda, día 11 escalada- doy un salto de alegría y respondo al mensaje.

-¡Perfecto!

Ahora sí, llegamos al aparcamiento de Pandecarmen y el suelo helado cruje bajo nuestros pies.

Subimos tranquilamente a Vegarredonda, disfrutando de la noche fresca y estrellada. La mochila pesa bastante. Hemos traído de todo para evitar sorpresas y lamentaciones durante la escalada. El refugio vivac nos recibe con una agradable sensación de calidez en su interior. Hacemos una cena ligera y nos vamos al saco temprano. Estamos completamente solos en el macizo, ni un coche abajo, ni una persona aquí. Nadie.

Dentro de mi saco de plumas y tapado con una manta me invade una soporífera sensación de confort.

Rubén lee, yo me abandono al sueño.

Son las 5.30 de la madrugada cuando cerramos la puerta del refugio y empezamos a caminar.

Los primeros cientos de metros se hacen duros, durísimos.

Los hombros se quejan bajo el peso de las mochilas, las piernas no quieren responder. La noche crea un ambiente extraño, el cuerpo parece no acabar de encontrar acomodo y percibe una incómoda sensación, como de estar fuera de lugar.

Uno desea que llegue el amanecer.

Las primeras luces del nuevo día traen consigo el sosiego del alma.

 

El mundo deja de estar reducido a los dos metros cuadrados de la luz de la linterna frontal.  No importa cuantas veces hayas visto el amanecer porque nuevamente serás abrumado. Aparecen los tonos violáceos del alba y empiezan a apreciarse, distorsionadas, las siluetas de las montañas. Sus relieves parecen gigantes. La evolución de las sombras a la luz hace que cobren vida. Un mundo helado y mineral aparece frente a los ojos inundando la retina y nutriendo el alma. El viento de ladera corre hacia las cimas. El frío se acentúa. La escalada comienza.

 

Llegamos al Jou Santu a las ocho y media de la mañana.

Comemos algo y observamos la pared norte. Está cubierta por una finísima capa de hielo que aumenta de espesor cerca de la cumbre. Apenas si hay condiciones. Descartamos el ojal y la directa, también descartamos la canal ancha, así que vamos directos a la canal estrecha.

Hace frío y la nieve está en muy buenas condiciones por el momento, lo que nos permite movernos sin cuerda con bastante seguridad. Bajo el primer resalte nos encordamos.

Escalo unos primeros metros sobre un hielo buenísimo que me hace disfrutar al máximo pero pronto se termina. Justo cuando empieza a ponerse más vertical, el hielo pasa a nieve inconsistente y la adrenalina se me dispara. Tengo que pelear contra el miedo para no perder la concentración.

Afortunadamente, a los pocos metros, las hojas de los piolets vuelven a penetrar en hielo compacto.

Encuentro un clavo con cordinos del paso de verano. Aseguro a el la cuerda, lo que me da confianza para afrontar el siguiente tramo.

Disfruto al principio de buen hielo pero pronto me traiciona. Me encuentro ahora encima de hielo corcho inconsistente.

Rompe en grandes placas y no me atrevo a dar ni un paso. Escarbo con el piolet buscando una grieta que me permita proteger el paso. Finalmente, puedo poner una pieza que me da la seguridad que necesito.Veo una  anilla de rapel a menos de dos metros. Sudo tinta para llegar a ella y entrar en la canal, pero finalmente tras de unos pasos finos lo consigo, y monto una reunión en un sitio cómodo.

 

Sube Rubén y hace el segundo largo.

Disfruta de un segundo resalte en unas condiciones inmejorables. La canal da paso a una hermosa cascadita que le hace disfrutar a tope, y que protege con un corto tornillo. Encuentra las anillas del verano debajo del hielo, las destapa y monta reunión.

Escalo ahora en dirección al tercer resalte.

Se ve que hay un hielo hermoso allí y voy desbocado, pero a poco me tira el caballo. Otra vez el maldito hielo  hueco me traiciona y se desmorona bajo mis pies. Me separan del compañero largos cuarenta metros en el que no he podido proteger de ninguna manera.

Vuelve la tensión y la duda.

Avanzo de puntillas por encima de huecas placas de hielo, que de vez en cuando se desmoronan. Aquí, que debería ser la zona más fácil de la canal,  paso miedo. En una pequeña grieta puedo colocar una pequeña protección que me da confianza para salir.

Improviso una reunión justo debajo del último resalte que está en unas condiciones perfectas. Me recreo escalando, paro, hacemos fotos, meto un tornillo que queda perfecto. Un gustazo. La salida está vertical y por un momento vibro de placer. Chillo. Aúllo. Y me sorprendo diciendo estupideces del corte de ” yo nací para esto” en fin…

 

Pronto se acaba la cascada. Estiro la cuerda y llego a brecha norte. Me asomo a la cara sur y no me gusta lo que veo, está muy justo, demasiado justo.Algunos pasos mixtos de escasa dificultad nos colocan debajo de las primeras dificultades serias.

El mixto y el olor a roca arañada por el acero de los crampones van a ser la tónica general en adelante.

 

Paso una primera zona de nieve asentada y roca que me deja escalar con soltura, incluso puedo proteger en la roca, aunque voy con la mosca detrás de la oreja. En verano, justo encima de este tramo, hay que superar unos canalizos poco profundos que rezo para que estén tapados.

Mis temores se confirman al verlos descubiertos, y para más dificultad, tienen una finísima capa de hielo que los convierte en una perfecta rampa de patinaje. Al menos justo antes puedo proteger bastante bien.

Me pongo sobre ellos como puedo.

 

Tengo las puntas delanteras de los crampones en adherencia sobre la roca y a duras penas puedo sujetarme con las manos.

Subo un pie y empotro un poco la bota, pero no es suficiente  y me resbalo. Por momentos creo que voy a caerme y tengo miedo, pero reacciono con energía y subo los dos pies hasta una zona donde los empotres son decentes.

Le echo valor, y en pocos movimientos más salgo del atolladero y monto reunión en un gran bloque. He estado a punto de caerme. Se que la pieza que tenia debajo era solida y aguantaría, pero he pasado miedo por unos momentos.

El siguiente largo compensa el susto con unas hermosas secciones de protuberancias de hielo.

 

Andamos un poco por la cresta hasta improvisar un rapel que nos ponga debajo del ultimo largo. Está en unas condiciones pésimas. Las canales están rellenas de nieve inconsistente. Intento subirme un poco por una canal para llegar a una zona asequible de protuberancias de hielo pero es imposible. Consigo meter un tornillo de doce cm que entra nueve, y le practico alondra con una cinta.

Tengo dos posibilidades.

Hacer una travesía de cuarenta metros sin posibilidad de protección para intentar subir por la canal fácil de verano, o bien afrontar un paso en desplome colgándome sobre los piolets en un hielo delgado y por única protección, el tornillo a medio meter.

Intento primero el desplome.

Aunque mi cabeza piensa en traccionar de los brazos y poner los pies bajo el desplome, mi cuerpo se niega en redondo a obedecer. Por tres veces digo que voy a hacerlo y las tres no muevo ni un pelo.

Literalmente “no tengo huevos”.

Huyendo de mis miedos voy a por la travesía:

Está vertical y tiene un patio considerable, pero la nieve es buena y aunque despacio, avanzo con seguridad. Creo que pasaré. Pero de repente empieza a sonar a hueco y me asusto. Intento meter un tornillo pero es inútil. Miro a la derecha y veo veinticinco metros de travesía desprotegida. Una visión sugestiva realmente.

-¡quiero subir a la cumbre y me lo está poniendo difícil!

Me aferro a la idea de la cumbre he intento seguir la travesía, pero está cada vez más hueco y se va a romper.

¡Media vuelta!

Doy la vuelta con pesadumbre. Irme de esta batalla sin pisar la cumbre me puede pasar factura psicológica.

Llego al tornillo y al pequeño desplome dispuesto a desmontar y dar media vuelta, pero en vez de sacar el tornillo, vuelvo a clavar los piolets por encima de la cabeza. Miro abajo y arriba. Respiro hondo y valoro fríamente la situación.

El tornillo, aunque no entra entero no pinta tan mal, y el muro aunque justo de hielo es escalable. La mayor dificultad está en superar mis miedos.

¡Y quiero subir a la cumbre!

Dejo suspendido de los brazos todo el peso del cuerpo. Levanto los pies del suelo y el hielo resiste la tracción. Ahora solo tengo que intentar subir un pie. Aprieto los mangos de los piolets con fuerza y consigo colocar bien un píe, también consigo clavar un piolet un poco mas arriba con lo que también consigo subir otro pie. Me muevo rápido por el hielo fino y, antes de estar asustado, consigo situarme en una zona cómoda donde puedo relajar los músculos y respirar profundamente. Me siento orgulloso por haberme atrevido. Continuo hacia arriba estresado por las malas condiciones del hielo pero se acabó.

La cumbre de Peña Santa está ahí y ninguna dificultad me separa de ella.

Recorro los últimos metros saboreando cada paso, sabiéndome arriba.

¡Está hecho!

Ahora todos los esfuerzos, miedos y sinsabores cobran sentido. Hago reunión directamente en el vértice geodésico de la cumbre y sube Rubén.

La cumbre no decepciona.

La luz del atardecer sobre los valles de la cordillera nos regala un panorama majestuoso. Brunas y colores de otoño.

Vemos aldeas, pueblos, villas y ciudades. En nuestras mentes podemos imaginar el olor de la leña quemando en las cocinas de Soto de Sajambre. Podemos imaginar el ambiente en los bares de Cangas de Onís. Podemos imaginar el transcurso de la vida cotidiana mientras nosotros, errantes, vivimos este momento efímero que muere con cada segundo que pasa.

Ahora seiscientos metros de rapel y cinco horas de caminata, nos devolverán a un lugar habitable. Al que no queremos volver, al que no tenemos más remedio que regresar.

La vida del montañero es una constante llena de nostalgia por estar allí donde soñamos. En un mundo de tesoros, inútiles e inmateriales, que cada un conquista para si mismo.cascada del segundo resalte

Llegada a la cumbre de Peña Santa

escalada invernal en peña santa

zona intermedia de la canal estrecha

escalada invernal en peña santa

 tercer resalte de hielo de la canal estrecha

rapel con las últimas luces sobre la cara norte de peña santa

escalada invernal en peña santa

 

 

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3 Comentarios

  • b..ll..to dice:

    dicen que las montañas se suben dos veces…una con el piolet y otra con la “pluma”… y en este caso ha sido así, gracias por compartir este bonito relato… fantástico guía ;)… que demuestra que cuando uno cree en sí mismo, ni el cielo es su límite…mucha suerte en todos tus proyectos xuacu…un beso y un abrazo muy grande…
    “si al franquear una montaña en la dirección de una estrella, el montañero se deja absorber demasiado por los problemas de la escalada, se arriesga a olvidar la estrella que lo guió”

  • Chema Espinosa Calleja dice:

    Buenooo… me has dejado perplejo y gratamente sorprendido; no sólo tienes dotes de gran alpinista, también los tienes en la narrativa, lo que nos permite vivir tus momentos en la montaña sintiéndolos como si fueran propios. Enhorabuena.
    Abrazos.
    Chesca

    • Xuacu dice:

      Bueno hacemos lo que podemos Chema jajaj, soy un juntaletras con un poco de chispa. Si es cierto que me identifico con el sentir clásico del montañero-guía.
      Aquellos que amaban la montaña como forma de vida, que dibujaban en un cuaderno, que escribian inspirados por la contemplación y fumaban en pipa. Yo soy negado para el dibujo y no fumo, pero hace muchos años ya que me siento invadido por esa bohemia y la sigo.

      ¡Un abrazo amigo!

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