ACTIVIDAD RECOMENDADA

Primeros largos del Espolón de los Franceses

Espolón de los Franceses, la gran vertiente sureste de Peña Vieja.

El Espolón de los Franceses es una escalada de alta montaña que recorre la totalidad de la vertiente sureste de Peña Vieja.

Da comienzo en los puertos de Áliva, y supera de forma vertical casi mil metros de desnivel en un trazado sinuoso, en el que, tras doce largos de cuerda, aún deben superarse más de cuatrocientos metros de trepadas, crestas y canales hasta la cumbre de Peña Vieja.

Para el guía es una estupenda oportunidad de desplegar todo su repertorio profesional: desde la planificación, hasta los detalles más sutiles derivados de la seguridad en la progresión.


Son las seis de la mañana cuando apago el motor del vehículo en el Hotel de Áliva, donde Asun y Roberto están esperando ya con la mochila preparada.

Nuestro saludo es cordialmente lacónico, ya que, de sobra está todo preparado y se cuan inquietas pueden estar sus emociones.
Aún de noche, iluminamos la conversación con la linterna frontal, experimentando como su escueta luz se difunde entre las minúsculas gotas de la niebla que sufrimos a primera hora.

Sin más preámbulos nos dirigimos directos a la pared.

La niebla nos acompaña por un tiempo volviendo el ambiente frío, incluso un punto desagradable, hasta que, por fin, superado este fenómeno meteorológico, sentimos la sequedad y la temperatura esperada de  los últimos días del mes de julio.
Mientras nos pertrechamos en el pie de vía, vemos unas tiendas de campaña apostadas sobre los húmedos prados de la morrena frontal formada por los aludes. Allí, sus ocupantes, desarrollan una tímida actividad que se antoja perezosa desde la lejanía. No es difícil adivinar las incomodidades que sufrirán derivadas de los menesteres de la acampada; del frío que sentirán sobre el húmedo suelo; la pereza de salir del confortable saco y exponerse a un amanecer aun sin rayos de sol que reconforten y den elasticidad al cuerpo entumecido .

Nosotros, concentrados en el propósito de escalar y ajenos a esos sinsabores, comenzamos a ganar metros a la pared.

Los primeros metros nos reciben con un tacto agradable: cálido y seco. La niebla ha quedado por debajo y la roca está en perfectas condiciones.

Escalamos por el momento a la sombra, inmersos en las primeras sensaciones del día, saboreando cada metro y grabando en la retina los primeros, rojos, brillantes y muy nítidos rayos del sol sobre los puertos de Áliva.
Observamos como una catarata luz desciende a gran velocidad por la pared amenazando con inundarlo todo; tomamos por ello las precauciones pertinentes en forma de crema, gafas de sol y telas protectoras para el cuello.

La escalada se desarrolla con agilidad y buen ritmo. Veo la concentración en la cara de mis acompañantes que, en todo momento, están a la altura de los acontecimientos.

En “El Dado”, gran bloque-repisa donde comienza propiamente el espolón que da nombre a la vía, paramos a propósito a comer y beber en abundancia para evitar agotamientos y problemas de deshidratación durante el aún largo trecho de escalada que debemos recorrer.
En este punto nos alcanza una cordada a la que dejamos pasar en un acto de generosidad, aunque pronto comprobamos haber cometido un error, ya que, su supuesta velocidad no se corresponde con lo esperado y, nos veremos sometidos a un ligero retraso de horario, poniendo de minifiesto que el hábito no hace al monje, y si la formación.

Entramos ahora en los resaltes y las verdaderas dificultades de la escalada. Se suceden las panzas, las placas y las travesías. Ahora sí escalamos sobre el espolón, el Espolón de los Franceses, el cual, debido a su carácter de alta montaña y a su escaso equipamiento no se debe subestimar.
En los últimos largos ya de la escalada el cansancio se va dejando notar.

Pido por favor a mis acompañantes que hagan un último esfuerzo mental para no perder la concentración y seguir con los cinco sentidos sobre la roca.

En el último largo de escalada, en la travesía de los gendarmes, a uno de mis acompañantes le rompe un apoyo del pie y se cae. Se ha quedado colgando de la cuerda. Afortunadamente no ha pasado nada, pero refuerza mi empeño y seguro molestas insistencias de seguir muy encima de lo que se está haciendo.

Aunque un apoyo para el pie le puede romper a cualquiera.

Al final del espolón hago un intento de chiste que no deja de ser una forma de ir adelantando la naturaleza de lo que sigue:
-aquí se ha acabado lo técnico, ahora empieza lo duro-

Tras descansar un largo rato, comer y beber en abundancia y cambiar los pies de gato por zapatillas de montaña, comenzamos a ascender por las largas y tediosas canales que llevan a las crestas finales de Peña vieja.

Insisto en que la velocidad sea muy lenta, lo cual es difícil, porque la cabeza tiende a salir corriendo de esta incómoda situación. Insisto por ello en no caer en la trampa.

Unas veces a la vez, otras veces de uno en uno, vamos superando los tramos de caminar y los resaltes que nos encontramos, hasta que llegamos al destrepe donde también se puede hacer un rapel:

Estamos aún lejos, será largo, pero al menos hemos pasado a la vertiente norte e iremos un largo rato a la sombra.

En este tramo nos adelantan tres cordadas que, por ir sin asegurar llevan un ritmo más fluido. Nosotros vamos concentrados en nuestro avance y seguros de no volver a encontrarles, nos sorprendemos después de casi una hora al verles parados y vacilantes antes de la veta rojiza, casi bajo la cumbre de Peña vieja.

Gracias a la geólogo asturiana Elisa Villa y a su maravilloso libro sobre Gustav Schulze, se que tamaña veta rojiza se llama banda de griotte, gracias a un apunte en el cuaderno de campo del estudio realizado en 1906 por el geólogo alemán”.

Son incapaces de discernir cuál de las canales y crestas que se ven es la adecuada para seguir hacia la cumbre, y, no sin esfuerzo, desde unas decenas de metros más abajo, les convencemos de por cual vía seguir.

Me llama la atención este hecho, y me lleva a pensar que las nuevas generaciones, aunque buenos deportistas, tienen muy poca experiencia en escalada de alta montaña, ya que, para un montañero avezado, la línea a seguir habría estado sobradamente clara.

En este tramo me decido a ir por una muy aérea cresta que hay un poco a la izquierda de la chimenea de la vía normal.

No sé si mis acompañantes van a volver a estar aquí, y quiero que el recuerdo que se lleven sea inolvidable.

Quejas, ruegos, súplicas y grandes emociones hay en este corto tramito extremadamente aéreo y afilado, a la vez de sencillo y seguro, que estoy convencido de que nunca olvidarán.

Pocos minutos después estamos en la cumbre.

 

La Peña Vieja nos recibe nítida, con su esbelta panorámica de trescientos sesenta grados, en la que podemos disfrutar de la vista de todas las grandes montañas de los Picos de Europa y la Cordillera Cantábrica. Vemos, al sureste, desde las primeras sierras de Soria hasta Fuentes Carrionas, pasando por las motañas de Reinosa; del macizo oriental al occidental de los Picos de Europa; al suroeste las montañas de Riaño, el Mampodre, San Isidro y, a poniente, el esbelto macizo de Las Ubiña dibujando su inconfundible silueta.
A nuestros pies vemos también la que mi amigo Alfredo Iñiguez bautizó como línea Schulze, ese gran cordal que, de sur a norte, como una gran espina dorsal, nace en los abismos de Fuente Dé y crea las grandes cumbres que se precpitan más de dos mil metros hasta las aguas del río Cares.
Felices; tranquilos; comemos, bebemos y recogemos el material, levantando la vista de vez en cuando para admirar todas estas grandes montañas y entre ver, de reojo, la gran vertiente que hemos dejado a nuestras espaldas.

Sé que para mis acompañantes ha sido un gran día y una gran actividad, El espolón de los Franceses, que escribirán con letras de oro en la libreta de su historial.

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