¡Llueve!

Despierto con el martilleo de las gotas que repican sobre el techo de mi Renault Kangoo.

Con tibieza, abro los ojos, reconfortado por la calidez del pequeño habitáculo y el tacto suave del saco de plumas. Son las siete de la mañana y debo levantarme, tengo un compromiso de trabajo, no quiero ir sin desayunar y, mucho menos, llegar tarde.

Estoy en Entrago, Teverga. Tras días trabajando en alta montaña, de vuelta al valle, me entero a través de las redes sociales, del evento festivo que organizan mis muchos amigos y conocidos del club de montaña AGUJA SOBIA.

¡Que magnífica noticia!

Me viene estupendo ya que al día siguiente debo ir a trabajar cerca de allí.

Tras una ducha en casa, poner la lavadora y cenar algo, el cansancio amenaza con desplomar mi ánimo. A punto estoy de sucumbir y meterme en la cama.

Entonces pienso en encontrarme allí con muchas personas a las que estimo y ello saca de mí fuerzas de flaqueza. No me equivoco, he podido abrazar y saludar a muchos de los amigos que no tengo la suerte de disfrutar con asiduidad y tras disfrutar un ratito en la fiesta me voy a dormir.

Son las siete de la mañana cuando abro la ventanilla de la furgoneta y compruebo con alivio que no llueve, solo es condensación de la niebla de valle que se precipita tras saturar de humedad las hojas del gran roble bajo el que he aparcado. Voy a comer un pincho y café rapido. Debo ponerme en marcha, he quedado con Javi y con Jose a las nueve en Campomanes.

Conduzco a través del puerto de La Cobertoria, imaginándome que a esa altura haría un espléndido día, pero la realidad es que a medida que subo, aumento la intensidad de los limpiaparabrisas. Me preocupo un poco.

¿será que llueve hasta cotas altas?

Al llegar a Campomanes tomo un café con mis guets que al igual que yo, están preocupados por la intensidad de la niebla. Es tan densa y satura tanto, que apetece darse la vuelta para casa.

A punto estamos de cambiar el plan y salir a León a probar suerte, pero en ese momento se me enciende la bombilla.

– ¿Tania tiene webcam en el Meicin verdad?

Y si, no solo tiene webcam, sino que a través de ella, podemos comprobar la impresionante densidad de la niebla en la que estamos encerrados y, el portentoso día de sol que hace por encima de los 1400 metros.

Espoleados por la imagen que acabamos de ver, apuramos el café y partimos de inmediato.

Salimos de la niebla a la altura de los Puertos de Axeite (axeitar en bable es algo así como adecentar)

Imagino al ver estas cabañas, el transcurrir de la antigua vida veraniega de los brañeros. De las familias inmensamente pobres que, al no conocer otra vida que la de “la alzada” eran felices en aquellas brañas remotas, tosquilando ovejas, jugando a los bolos, bailando “la Xota”  y pronunciando con che vaqueira las antiguas y hermosas palabras de su bable natal.

Puedo imaginarme todo esto al ser hace noventa años “mi güelina”, uno de aquellos niños de las brañas astures que salían de madrugada a”l.lindiar” y, muertos de miedo por escuchar el aullido del lobo entre las hayas y quizá, encontrarse a un oso en una vuelta del camino, rezaban el ángelus, con la esperanza de encontrar al menos protección divina al carecer por completo de otra.

Allí, al salir de la niebla, estupefactos, contemplamos el inmenso y mayestático mar de nubes sobre el gran valle del rio Huerna, el cual, al no tener barrera frontal que lo impida, nos permite contemplar por decenas de kilómetros este magnífico fenómeno meteorológico que priva de sol, en muchas ocasiones, a todo el Principado de Asturias.

Detenemos por unos instantes el vehículo para hacer algunas fotografías. Las caras de mis guets y la mía propia se iluminan ante tamaño baño de luz y más aun, cuando algunas curvas más arriba, admiramos al fin el objetivo de hoy. El espolón central de la vertiente oeste de La Mesa, el gran clásico y ambicionado de la cordillera cantábrica “Espolón Tabuyo”.

Santiago Tabuyo, era un chico asturiano que hacía montaña allá por los años 60 y 70 y que un día, tras cortarse con una alambrada, muere de una infección en la sangre a causa de aquel corte aparentemente inofensivo. Ante este hecho desgraciado, sus amigos, probablemente con los que soñaba escalar esta vertiente, dedicaron la vía a la memoria de su malogrado compañero al conseguir al fin la 1ª escalada. Al inicio, una placa de cariñoso epitafio inmortaliza su recuerdo.

Llegamos por fin al puerto de la Cubilla y giramos a la izquierda en dirección al puerto de la Vallota. Allí, en un pequeño aparcamiento dejamos el vehículo, preparamos las mochilas y nos embadurnamos de crema solar. Hace calor, mucho calor. Caminamos hacia el objetivo bajo la protección de gorra y gafas de sol. Observamos al paso manadas de caballos y las preciosas vacas de raza autóctona asturiana, qué pastan tranquilas en estos puertos de montaña generosos en agua y pación. Atravesamos ahora la braña de la Vallota en dirección al collado desde el cual veremos el objetivo.

Magnífico, verde y Florido, como siempre, nos recibe el Collado desde donde podremos contemplar las afiladas cumbres de las Ubiñas emergiendo, como puntas de flecha, a través del mar de nubes. Allí está nuestro espolón, casi más bien un filo, por el cual durante unas horas, conduciremos nuestros cuerpos en busca de relieves en la roca que nos permitan evolucionar en la vertical mediante movimientos armoniosos.

Bajo la placa conmemorativa, en una repisa, nos ponemos el casco, el arnés y preparamos el material y las cuerdas para abordar la escalada. Noto tranquilidad en mis compañeros y en mí mismo. En esta vertiente estamos en sombra que se agradece mucho. Nos atamos cuando ya todo queda listo comienzo la escalada.

El primer largo nos recibe con una roca magnífica y una fisura técnica, de no muy elevada dificultad.

Los seguros entran perfectamente dando mucha seguridad al avance. Escalo despacio, tranquilo, disfrutando cada movimiento y saboreando el magnífico tacto de la roca. Ahora es el turno de mis compañeros. Javi sube rápido y llega a la reunión con cara de haberse divertido. Sin embargo, Jose, tarda. Le preguntamos si va bien y no nos contesta, pero como no lo escuchamos resoplar, suponemos que estará concentrado. Cuando en un momento dado; se escucha;

– ¡joder por fin!

Javi y yo sonreímos ante la excelsa manifestación. Al llegar a la reunión nos cuenta lo que le ha pasado.

Un extraño tropezón arrojó sus gafas hasta lo más hondo de la fisura y, a muerte fue la batalla por rescatarlas. Tras el simpático episodio nos disponemos a escalar el magnífico 2º largo. Este largo en sí mismo justificaría el viaje hasta aquí. Una larga consecución de placas de adherencia, fisuras de empotramiento y diedros, ofrecen un viaje donde el escalador avezado, puede desarrollar todo su repertorio gestual. El avance se protege en magníficas fisuras. Todo un deleite sensorial.

Mientras escalo veo a la izquierda, por el rabillo del ojo, muy abajo, como emerge de la niebla un bosque de acebos que  inunda todo de verde eléctrico.

Tras de mí, en las paredes de la Tesa silban los treparriscos. Sobre la cumbre, grandes buitres planean en círculo aprovechándose de las ascendentes corrientes térmicas. La escalada continúa a veces por el filo, otras por la vertiente de la niebla, impidiendo esta ver el suelo. Y allí estamos escalando sin más suelo que las nubes. Los pasajes hermosos se suceden, la luz entra iluminando ahora la espléndida roca caliza de estos espolones, los pocos, de buena roca de las Ubiñas.

En el último largo la escalada se vuelve vertical a ratos.

Presas redondas y extrañas de agarrar, dificultan el ascenso. Cuando uno se cree ya arriba y empieza a bajar la guardia, llega la última panza, el paso más duro al que no se debe subestimar y en el que, además, está prohibido caerse. Tras este último muro, una trepada sencilla nos deposita por fin en la cumbre plana de La Mesa, ofreciéndonos una perspectiva de 360 grados sobre las provincias de Asturias y León .

Felicitaciones y cara de satisfacción, son la mejor expresión de las emociones qué hemos y seguimos experimentando a lo largo de esta ruta que nunca decepciona, que siempre sorprende y a la que con toda seguridad, seguiré acudiendo a lo largo de los años.

Bien sea para compartirla con alguien, o bien, para buscar en ella aquellas emociones que se encojen en la vida difícil y hastiada del adulto, pero qué al haberlas experimentado una vez, una al menos, sabemos guardadas en un atesorado rincón de la memoria, dentro, en el corazón. Y sabemos también que, aunque por un momento, puede volver a brotar, facultando a la persona con la capacidad de volar, y transportarse allí donde seguro no irán los átomos de su cuerpo.

De estar sin ir. De sentir los rayos del sol en la piel, el frescor de la brisa, de oler el tomillo y el té silvestre de la alta montaña, de burlar, en definitiva, las inmisericordes leyes de la física. De ir más allá de lo corpóreo, lo táctil y terrenal. Lejos, muy lejos, de lo realmente existente, del verbo y del nombre propio.

Patrimonio del adverbio y hogar del sustantivo, acuden las emociones en forma de punta de lanza, al refugio donde un pequeño cofre prudente guarda los recuerdos bellos. Esto es allí donde reina la metafísica. Aquella, la que denominó un día un filósofo; alta poesía, en pura prosa.

 

 

 

 

 

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