Irresponsable Verano COVID-19

Por 21 agosto, 2020Relatos

Irresponsable verano COVID-19

Jóvenes, no llegan a los veinticinco años.

Pelazo sujeto en cola con un lacito. Mechones rubios perfectamente medidos por delante de la cara aterrada, desencajada; mejillas llenas de regueros de lágrimas de estrés, absolutamente superada por la situación.

Hola, perdone, señor… ¿puede ayudarnos? ¡No tenemos cobertura para llamar al helicóptero!

(Lo del helicóptero me fascina, lo de señor me llega al alma).

Entona él con voz trémula, nerviosa, un tanto avergonzada quizá. Con mano blanda y ademán sofisticado agarra el cable mientras con la otra, sujeta la mano de su joven compañera que le mira con ojos de rencor y miedo.

Charlo un rato con ellos para tranquilizarles, les ayudaré por su puesto.

La charla lo típico ¿a qué te dedicas? yo soy guía de montaña chicos ¿y vosotros? Yo (él) en segundo de carrera de ingeniería, repetidor por despistado, amante del Pádel y avezado salvador de princesas asustadas en los bares de moda de Madrid (esto último lo confiesa en petit comité).

No hace falta helicóptero, que no ha habido ningún accidente chicos, no es para tanto, ya estáis casi arriba.

Yo (ella) enamorada de la sociología, en tercero de carrera, conversadora profunda y reflexiva, colaboradora habitual en ONG’s.

Unos chicos encantadores e interesantes.

¿Y de montaña?  Buah ¡Ni puta idea! Es la primera vez que salimos a un sitio así, pero estamos fuertes. Solemos hacer tenis, mucho tenis…

En Ibiza no hay trabajo de camarero este año para él, y en el caso de ella, las ONG’s no están sacando voluntarios fuera de España.

Presas de la irresponsabilidad juvenil, se ponen de acuerdo para seguir adelante con sus aventuras veraniegas al más puro estilo Quijotesco, desfaciendo entuertos, en un destino cercano, relativamente barato y “que mola”.

Esta “tierra prometida” del verano COVID-19, cercana, relativamente barata y “que mola” , es ni más ni menos que el Parque Nacional de Los Picos de Europa, en plena alta montaña.

Subo con ellos para ayudarles a salir del lío en el que se han metido: el paso de los Horcados Rojos.

Este paso no presenta ningún problema para un montañero, pero la impresión que provoca en un neófito puede ser de vértigo extremo.

Entre ruegos, súplicas y referencias a los santos salimos al collado. Se abrazan y fuman un cigarrillo a medias para rebajar la ansiedad.

La verdad es que son majos, unos chicos encantadores y agradecidos. Pero no ven el peligro.

Les insto a que bajen al valle, que vayan a un camping y apuesten por terrenos menos ambiciosos acordes a su conocimiento del medio, pero las montañas que ven por delante les hacen soñar con más aventuras los días venideros.

Creo que no me harán caso esta vez a juzgar por sus comentarios.

Nuevamente me dispongo a bajar de los Horcados Rojos para ir a Urriellu, cuando ante mis ojos ¡la escena se repite!

Esta vez son dos parejas las que, aferradas al cable con gestualidad terminal y cara de escapar de la guadaña, miran hacia mí con ojos antipáticos. Me increpan para que me agarre al cable, que me voy a despeñar dicen. ¿Mascarilla? ni una.

¡Pero si por aquí hay un camino, chicos! Les digo mientras avanzo tranquilamente en la diagonal.

Una de las chicas, quizá menos estresada que sus compañeros, con cara divertida y emociones a flor de piel, me dice:

¡Alucinante, vaya aventura tío!

Así es la nueva normalidad de este irresponsable verano COVID-19.

¡Suerte, hijos míos!

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