No hay forma de escalar el Naranjo de Bulnes en este maldito otoño entre borrascas.

-Santi, lo siento amigo, vuelve a nevar, tampoco habrá condiciones para escalar el Naranjo esta semana.

Una vez más, y van ya unas cuantas, nos quedamos con la sensación de haber sido derrotados sin dar batalla por la maldita meteorología que no da margen desde hace semanas, desde mitad de septiembre, fecha en que no han dejado de entrar borrascas.

– ¡Oye, pero si da bueno! dice Aída en un motivante WhatsApp lleno de ganas y energía.

-Lo he visto Aída -contesto- pero los partes anuncian casi 100 kilómetros por hora de viento, así que me temo que tampoco esta semana podremos intentar la escalada a El Picu.

María, mi chica, ante mi nueva negativa de ir a escalar El Picu, mantiene hacia mí una actitud, digamos, de ligera beligerancia.

– ¡Pero que dan malo, guaja! Le digo enseñándole el parte para el fin de semana.

Con poca gana de aceptarlo se disgusta, refunfuña, y aunque sabe que no se podrá por culpa de la meteo, persiste en su estrategia de mantener la mirada torva y tono de intimidación

-¡como si fuera culpa mía!


El irresponsable verano COVID-19 termina pronto.

Las fuertes borrascas con nevadas y vientos, dominan el panorama meteorológico desde mitad de septiembre, y estamos ya casi a principios de noviembre.

Escucho todo tipo de especulaciones y teorías erótico/festivas acerca del mal tiempo persistente, siendo el paradigma de la explicación la tesis de los aviones, los que no hay claro; que no rompen las nubes y el cambio climático se estabiliza.

¡Vete tú a saber!

Afortunadamente, he pasado octubre en las paredes de granito del centro de España, en la magnífica sierra de Gredos, sumando metros de escalada y días de trabajo

¡Allí sí que hace bueno!

Un domingo tras otro salgo del Principado de Asturias con los limpiacristales puestos para inmediatamente, tras atravesar la cordillera, estar conduciendo con las gafas de sol bajo el espléndido clima de la meseta.

Así es la vida en la vertiente norte: húmeda, tediosa y según la estación, desconcertante.


Es jueves por la tarde en el puerto del Pico.

Maravillado ante el exquisito sabor de las tapas de embutidos castellanos, consulto el parte meteorológico y veo, con asombro, que dan bueno para el día siguiente en los Picos de Europa. Los días anteriores ha llovido con calor así que con seguridad en el Picu, en la pared sur al menos, ha debido quitarse la nieve.

¡Debo avisar a Santi cuanto antes!

Buff que emoción; pero no sabe, claro; es viernes, laborable; a ver si hay forma; te digo en un rato; me encantaría, lo voy a intentar por todos los medios.

No he llegado aún al peaje del Huerna y suena una notificación.

“Ok, Sotres 7:30.”

Amanecemos en un espléndido día de otoño, fresco y radiante.

Subimos a buen ritmo y sin novedad hasta la base de la cara Sur, pisando algunos neveros en zonas umbrías de la canal de La Celada.

El inicio de la escalada nos acoge con un ambiente agradable y luminoso. El sol calienta los huesos y da elasticidad al cuerpo entumecido por la caminata. Los dedos, avezados, encuentran perfectamente los asideros que han utilizado muchas veces para acometer esta escalada.

Santi encuentra la vía a la perfección, y disfruta de la escalada tanto más por haber anulado muchas veces a causa de la meteorología, perversa, que daba al traste nuestros planes de forma recurrente.

Solos en la cumbre, disfrutamos de esta por largo rato. Hay otra cordada en la norte pero aún están muy abajo. Vemos nieve abundante ya en alta montaña, valles ocres por la hoja caduca y, al norte, hasta donde alcanza la vista, surcados por fuertes corrientes de extremo a extremo los piélagos del mar Cantábrico.

Descendemos ya con las expectativas colmadas y las emociones candentes.

¡Enhorabuena Santi, porque el que lo sigue lo consigue!


-¡Uf, que va Xuacu, olvídate!

Ante mi pregunta sobre las condiciones en alta montaña,  María Garmilla, guarda del refugio de Urriellu, me envía este golpe de realidad.

-Hay 9º bajo cero, está todo congelado y nieve por la rodilla.

Así de crudo es el panorama. Debo transmitirle a Aida las malas noticias.

-Aida, no va a poder ser, he llamado al refugio y está la cosa imposible, mucha nieve acumulada y frío, lo siento, a ver si cambia y lo podemos intentar más adelante.

Y así, un fin de semana más, y uno tras otro, somos repelidos por las recurrentes malas condiciones en alta montaña. La próxima vez será el viento quien nos derrote. Esto, más el cierre del refugio, va creando en mi la agridulce sensación de dar por finalizada la temporada.

Es ya finales de octubre y malas noticias en extremo preocupantes van llegando. El coronavirus aprieta y vuelve la pesadilla de los confinamientos, esta vez autonómicos y locales. Aunque al mismo tiempo que la meteo se estabiliza.

Vamos a intentarlo.

-Buenos días, Aida. Parece que va a estar bueno el sábado ¿podéis, o sufrís confinamiento?

-Hola, sí que podemos ¡genial!

-Perfecto, pues vamos a por ello.

Son las 8:30 en collado Pandebano, un poco tarde porque ya ha cambiado la hora, es de día, pero no hemos podido llegar más temprano porque antes de las 6 no se puede salir de casa.

Ascendemos Aida, Enrique y el que suscribe en una mañana radiante por el camino de Urriellu, aunque no estamos solos, hay unos cuantos vehículos en Pandebano. Quien ha podido aprovecha el puente para salir a la montaña, no vaya a ser para alguno, quizá, la última oportunidad.

Mis compañeros van encantados, el día está bueno y en apariencia no presenta problemas. Pero en la costa, sobre el mar, veo unas oscuras y estiradas nubes que la experiencia me dice solo pueden significar una cosa ¡viento!

Casi ya metidos en la canal de la Celada el viento fuerte nos tambalea cada vez que damos un paso. El día se ha nublado, hace frío, humedad y aunque nadie dice nada, todos estamos pensando lo mismo.

No daban esto; el parte era bueno; debe ser que se ha atrasado el buen tiempo… 

Rumiando estos pensamientos ascendemos la canal con actitud remolona, desganada. Tal como sopla ahora no está para escalar, pero la experiencia me ha enseñado a no tirar la toalla antes de tiempo. Estamos casi arriba, así que al menos hay que subir hasta el inicio de la escalada y tomar allí  la decisión que sea menester.

Para cuando llegamos al inicio de la escalada las nubes empiezan a abrirse en grandes claros y el viento cesa. El sol va ganando fuerza y la temperatura sube, las emociones se disparan y el optimismo se hace dueño de la situación. Hemos tenido suerte y nuestro esfuerzo se ve recompensado.

La escalada no es problema para mis compañeros y en poco más de dos horas estamos arriba.

En la cumbre disfrutamos nuevamente de la preciosa vista otoñal. A pesar de los días de calor y lluvia, la alta montaña aparece cada vez más cargada de nieve.

A las seis y media pasadas estamos ya de vuelta en Pandebano con la última luz, otra vez todos contentos y satisfechos. Al fin, tras tanto planear y readaptarnos podemos decir aquello de: ¡misión cumplida!


-Cariño, parece que da bueno el lunes.

-Menos mal, ya no quiero escuchar más eso de: este es un otoño entre borrascas.

María quiere escalar el Picu.

Trabaja el martes; madruga; sabe que llegará cansada pues lo haremos en el día, pero le da igual. Sus ganas de subir a esta cumbre emblemática pueden con todo. Lo sueña desde niña, lo desea, lo ambiciona y no quiere ni oír hablar de no intentarlo.

En febrero, antes de toda esta locura del coronavirus, subimos hasta pie de vía con los crampones para hacer un intento a la cumbre en invierno aprovechando la escasez de nieve, pero un repentino vendaval  nos obligó a desistir.

No pasará lo mismo esta vez:

Son las 5 a.m. de una mañana incierta. Saltamos de la cama y casi sin darnos los buenos días, nos abalanzamos sobre el desayuno que hemos dejado a medio preparar la noche anterior. Los partes del tiempo son poco esperanzadores. El más optimista nos da margen hasta las tres, así que, a modo de clavo ardiendo, nos quedamos con este.

A las 6 en punto, cumpliendo el toque de queda, salimos de la cabaña que tenemos en el centro de Asturias en dirección al Parque Nacional de los Picos de Europa. Completamos el viaje entre podcast de historia y comentarios sobre los mismos hasta que por fin, justo con la primera luz, llegamos al collado Pandebano.

El día es radiante y fresco nuevamente, como todas las mañanas en que he estado aquí este último mes, aunque por el contrario a los días anteriores, hoy estamos completamente solos.

Lo tenemos claro: mochila ligera, un poco de comida y agua y en cinco horas en la cumbre.

A medida que subimos vemos el Naranjo cada vez más majestuoso, pero a su vez, observamos con preocupación el gran banco de nubes que se acerca amenazante desde el Cantábrico.

A las 11:30 estamos ya escalando el primer largo de la Sur Directa entre fuertes ráfagas de viento y alguna gota intercalada. Empatamos largos para no perder tiempo y llegamos a la cumbre en escasa hora y media, temerosos de la lluvia que de vez en cuando cae sobre la pared. Pero ahora ya es igual, estamos arriba.

Es la primera vez en la cumbre para María. Haber cumplido este sueño le causa una sonrisa irrefrenable y una furtiva lagrimilla de emoción. Para mi, esta escalada pone el broche final a la temporada de escaladas guiadas en el Picu Urriellu, en el Naranjo de Bulnes, esta montaña totémica a la que una temporada tras otra seguiré acudiendo a hacer mi trabajo, guiar, y en busca de las mejores emociones y la culminación de nuevos sueños.

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