ACTIVIDAD RECOMENDADA

Peña Santa Norte Vía del Ojal

Siempre presente como prioridad, aunque no tan frecuentada como me gustaría, Peña Santa Norte Vía del Ojal, será el colofón de esta temporada de verano a la reina de las montañas cantábricas.

Clásica y mítica por igual, amada por guías y montañeros, esta vía lleva grabada a fuego el recuerdo de José María Remis, pastor, guía y guarda del refugio de Vega Redonda. Persona que muchas veces escaló y guió la Peña Santa por esta vía del Ojal. Ofrecía por cuerda, por seguro infalible su vara de pastor, sus brazos y sus piernas de roble, que enraizaban en la pared con la fuerza de este.

Por la historia deportiva y etnográfica de esta montaña, por las cicatrices que en ella crean la vía del Ojal, decidimos no dormir casi una noche, para adentrarnos de madrugada en el macizo occidental de los Picos de Europa, el Cornión, primitivo parque nacional de la montaña de Covadonga.

Temprano, junto a Juan Carlos, recorremos a buen ritmo los prados de la parte baja de la ruta, alumbrando nuestros pasos con la fragil luz de la linterna frontal.

Rápidamente llegamos a Vegarredonda, donde llenamos las cantimploras de agua fresca. Nos sorprendemos por la cantidad de personas que hay acampadas alrededor del refugio viejo.

Sin levantar la cabeza del suelo y casi sin darme cuenta llegamos a La Fragua y, una vez a cota 2000, llegar al Jou Santu  nos parece ya un paseo.

Juan Carlos está en una gran forma física, y en escasas 3 horas ,desde Los Lagos, llegamos al Jou Santu, bajo el objetivo.

La pared está húmeda; dudamos; quizá por otra vía; vemos gente por todas partes.

Tras reflexionar un rato decidimos seguir con el plan original.

Voy un tanto preocupado. Hay un par de cordadas delante y sé, que, esta es una pared en la que caen piedras con el solo movimiento de la cuerda.

Ponemos los cascos un rato antes de llegar al pie de vía, ya que, la exposición a la que estaremos sometidos, por momentos, será bastante elevada.

Estamos poniendo los arneses a pie de vía, cuando desde arriba nos gritan la inconfundible palabra: ¡Piedra!

Vemos dirigirse hacia nosotros, a velocidad terminal, dos enormes pedruscos que surcan el cielo emitiendo su inconfundible y siniestro silbido.

Acto seguido, nos cubrimos con las mochilas con la esperanza de que sirva de algo, aunque esta vez, la suerte y la probabilidad se han puesto de nuestro lado, haciendo que las piedras, al chocar con la pared, varíen su trayectoria y se alejen de nosotros.

Tras el susto empiezo a escalar todo lo rápido que puedo hasta una zona desplomada a salvo de nuevos desprendimientos.

La entrada a la vía no está clara, no es evidente. Hay un gran zócalo, una llambria enorme prácticamente de la misma dificultad por todas partes. Empiezo por donde me parece más asequible y está más seco.

Hago un largo un poco por donde puedo sobre una llambria en torno al III+ hasta una terraza con un poco de techo por encima, en la que puedo articular un punto suficiente de reunión para asegurarnos.

Juan Carlos sube con gran agilidad a pesar de la temperatura fresca.

Al llegar Juan Carlos salgo de la terraza por la derecha, por una especie de diedro con fisuras, también en torno al III+. La dificultad es asequible pero el agua que rezuma desde arriba hace de esta sección el punto más emocionante de la escalada.

Tras el diedro, una travesía a derechas pondrá punto y final a las dificultades.

Ascendemos ahora la diagonal característica del centro de la pared.

Voy buscando las reuniones del invierno, pero más allá de algún clavo suelto no reconozco los puntos donde en los meses helados nos anclamos al terreno.

Reconozco, ahora sí, el resalte vertical que hay justo antes de la rampa que va a derechas, hacia la salida de la canal ancha y la ascensión normal por la cresta. En esta rampa si encuentro el clavo que protege el avance y del que cuelga, vestigio de épocas heroicas, una antediluviana cinta de persiana.

A partir de aquí es la trepada ágil y la cuerda corta las que van a definir nuestro avance. Recorremos los últimos metros sabedores de que el otoño y las proximas lluvias, dejarán la pared norte ya impracticable hasta dentro de muchos meses.

Ilusionados y encantados de estar aquí, disfrutamos de la magnifica y agreste cumbre de Peña Santa en soledad, engullendo el bocadillo mientras ponemos los plumíferos, contentos de haber aprovechado la ultima oportunidad en LA Vía del Ojal, ya que lo siguiente será, o bien en invierno, o si no, ya, quizá, el año que viene.

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