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Es la mañana del dieciséis de junio.

Despierto temprano. No remoloneo. Inicio mi rutina mañanera escuchando radio y preparando café. Cuando activo el teléfono, el calendario digital envía una notificación. “Marcos-Álvaro, Norte del Picu”.

Veo llover mientras desayuno. Todo lo que se ve son bajas y plomizas nubes que desde mar adentro, el viento del norte ha arrastrado hasta la costa cantábrica y la cordillera se encarga de fijar, provocando por acumulación la saturación que después cae sobre nuestras cabezas astures en forma de orbayu.

No me preocupa.

Son nubes bajas, sé que, en alta montaña, por encima de los mil novecientos metros brillará el sol.

Paso la mañana entre compras, audios de WhatsApp y decidir que llevo en la mochila. Será la primera escalada de esta temporada y no tengo nada arriba, con lo cual el resultante de la mochila será de un volumen muy poco favorable para mis ganas de cargar. Pero, no tengo alternativa.pandebano

A las siete de la tarde ya los tres juntos, ultimamos detalles y caminamos bien cargados en dirección al refugio de Urriellu. Se hace duro caminar bajo el peso de la mochila y calados por el orbayu, pero casi ya al final de la senda, la niebla se disipa totalmente. La buena luz y la vista del Picu nos ponen de un humor óptimo, sobre todo a mis compañeros que están allí para cumplir un sueño.

Cena opípara y sueño ligero. A las cinco y media de la mañana estamos disfrutando un claro y templado amanecer. Poco después nos ponemos en movimiento y pronto deberemos ponernos los crampones. Estoy impresionado de la cantidad de nieve que hay aún acumulada, parece primeros de mayo.

Mientras recorremos la canal de la celada, la luz del sol va empapando despacio la pared este del Picu Urriellu, al ritmo lento y constante que solo la magia de la montaña consigue.

Entramos por la ruta original, la gran travesía hasta la cueva. Cuesta poner a funcionar el cuerpo, entumecido por la caminata con carga del día anterior. La mente pelea contra las malas sensaciones.

La roca está aún fría y un tanto resbaladiza, el largo invierno y los días nublados no han dejado aun al sol ejercer sobre la pared, su trabajo sanador.

Los chicos vienen detrás, asegurados por la cuerda, y muy concentrados. Escalando en travesía no es aconsejable cometer un error. Se nota la tensión en algún pasaje del largo, pero tras dar las indicaciones pertinentes queda en parte del calentamiento.

El segundo largo es “la llambrialina” esta magnífica placa en la que hace ciento catorce años, Gregorio Pérez Demaria, haría historia por seguir la escalada descalzo.

Es realmente magnífico, aquí la roca se siente adherente y cálida, y su trazado sinuoso es un laberinto de agarres escondidos y movimientos placenteros. Disfruto mucho al ver divertirse a Marcos y Álvaro. Vamos hablando, comentando los distintos pasajes con sus notas históricas. También hacemos algún que otro chiste. Estamos completamente solos en la montaña. Ahora con una técnica más ágil, avanzamos a la vez hacia el hombro norte, al pie de las chimeneas. Desde allí admiramos la parte más espectacular del Picu, el pilar noroeste.

Escalamos ahora en busca de los pasajes históricos, que los pioneros denominaron las panzas de burra. Estos son realmente increíbles, hay que concentrarse y hacer una escalada libre eficiente.

– ¿Cómo demonios subieron por aquí?

Nos preguntamos constantemente. Aunque por retórica, la pregunta que más nos abruma es como demonios bajaron.

Mientras refuerzo la reunión tras la panza de burra, la visita de un habitante de las verticalidades me deja absorto por un rato. Es un treparriscos, que exhibiendo sus preciosas plumas rojas camina pared arriba sin ningún esfuerzo hasta que, en un momento dado, se deja caer al vacío y se aleja de mí, emitiendo sus inconfundibles silbidos.

 

Ahora suben los chicos. Pelean un rato en la panza de burra. La dirección de la cuerda les engaña y la escalan de frente teniendo que esforzarse aún más de lo que ya de por si demanda. De todas formas, no tienen ningún problema.

Panzas, chimeneas y esfuerzos se suceden a través de la maravilla mineral que es el Naranjo de Bulnes, hasta que por fin se acaban las dificultades y estamos bajo la canal de salida. Marcos, al verse arriba, tras tantos años de desear recorrer este pedazo de la historia de la escalada, no oculta su alegría y su emoción. Las lágrimas le brotan ligeras y una irrefrenable sonrisa se dibuja de parte a parte de su cara.

Tras la canal llegamos a la cumbre y en un abrazo sincero, demostramos la alegría de estar en lo alto de esta montaña emblemática.

Solo puedo dar gracias a los chicos por este magnífico comienzo de temporada.

¡Viva la alta montaña!

 

 

 

 

 

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