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Sur de Peña Santa en una noche de Verano

Y así, con este título, Sur de Peña Santa en una noche de verano empieza el siguiente post:

 

Conozco a Álvaro hace ya unos años y sé que es un montañero fuerte, muy fuerte. Y en base a esa forma física trazamos el plan de ataque.

 

Álvaro quiere hacer la Sur de Peña Santa y dormir en la cumbre, lo cual no es poca cosa: eso presupone que, en la mochila, al menos, deberá haber un saco de dormir, un aislante, comida y agua en abundancia tanto para la escalada como para la noche y sobrar agua, un poco al menos, para bajar hasta Vega Huerta.

 

¿Inconveniente? El peso.

 

El peso condiciona el avance, el volumen de la mochila desequilibra, los músculos de brazos y piernas se fatigan y el cuerpo pide agua.

 

Valoramos todo esto en función a la previsión atmosférica que es realmente favorable a nuestros planes. Dia fresco, en el que la temperatura no excederá los 20 grados; noche cálida, en la que la temperatura no descenderá de 14 grados

¡mejor imposible!

 

Quedamos en Cangas de Onís a unas más que impresentables 11 de la mañana. Impresentables por inusuales, ya que para subir a la montaña se madruga. No en balde el refrán pastoril dice:

 

“busca el día y no encuentres la noche”

 

Pero es la noche precisamente lo que queremos encontrar.

 

Tras desayunar “otra vez” en el desfiladero de Los Beyos ponemos rumbo a Vegabaño, donde dejamos el vehículo y salimos caminando a Vega Huerta.

 

Me da la impresión de subir rápido, apenas me cuesta caminar. Los muchos días de montaña de esta temporada de trabajo parece que han adaptado mi cuerpo a las cargas y las caminatas.

 

Vamos dejando terreno atrás manteniendo una animada charla y saludando a muchos amigos a lo largo del camino.

 

Tras el Frade y un rato de calor al fin vemos la montaña, la pared, las cumbres del macizo centrar. Veo como se ilumina la cara de mi compañero que lleva un año esperando para llevar adelante esta aventura, ya que, la pasada temporada, una lesión de espalda me impidió acompañarle.

 

Vamos ahora caminando tranquilamente, pues aún es temprano según nuestros planes horarios. Hemos subido desde el coche hasta el collado del burro en dos horas y media, lo que nos deja margen para disfrutar de las vistas y hacer algunas fotografías.

 

Una vez en Vega Huerta descansamos, cargamos agua y nos dirigimos a la pared que ya empieza a sombrearse.

 

Son las 18:20 cuando empezamos a escalar. Un chico, que nos acompaña curioso hasta pié de vía, nos pregunta si vamos a dormir a mitad de pared. Se queda sorprendido al saber nuestro plan de dormir en la cumbre ¿pero se os hará de noche? dice. Esperemos que no, es la respuesta menos pretenciosa que podemos ofrecer, aunque yo espero subir en 3 horas los 600 metros de la pared sur.

 

Conozco muy bien la vía y la capacidad de Álvaro, y seguro de no errar los cálculos abordamos sin más dilación la escalada.

 

Aunque he reducido al mínimo el peso de la mochila, lo cierto es que esta me condiciona.

Deberé ir acostumbrándome al peso y a confiar en los pies de gato con esta nueva situación

 

Álvaro sube sin ningún problema, es un atleta y un buen escalador. Disfruta mucho de los pasajes que recorremos y la calidad de la roca le impresiona.

Estiramos la cuerda todo lo posible, agotando los 60 metros a cada largo. Así llegamos al nevero central en apenas hora y media. Aquí ponemos momentáneamente las zapatillas para atravesar el pedrero hasta el siguiente tramo de pared.

 

Aguantamos en zapatillas hasta estar bajo el largo clave.

 

Abordo este tramo un tanto expectante debido a la mochila y a la dificultad del pasaje, aunque me sorprendo superándolo sin mayor problema y una vez en la reunión, al fin escucho, divertido, como Álvaro suelta algún leve bufido que si bien fue leve también será el último.

Tras este paso clave nos abalanzamos sobre la rampa de canalizos con muchas ganas de llegar a la cumbre. Escalamos rápido y en otra hora y media estamos en la cumbre disfrutando los últimos rayos del sol, sobrecogidos ante la visión del mar de nubes que inunda de humedad las montañas y de tonos ocre y naranja la punta de las nubes.

 

El viento hace de la cumbre un lugar hostil y desagradable, en el que no apetece pasar la noche, así que, rapelamos hacia las repisas de la cara norte donde reina el silencio y la quietud. Donde la armonía de las montañas nos inunda y nos ilumina un espíritu colmado.

 

Y tras la cena, aunque con la espalda reposando sobre roca viva, felices, con el corazón repleto tras la Sur de Peña Santa y una noche de verano por delante, nos metemos en el saco soñando estrellas fugaces, enamorados de la osa mayor y de las grandes montañas de los Picos de Europa.

 

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